Hommage à J.-B. Pontalis (version espagnole)

Rue du Bac, Paris, J.-B. Pontalis
Por Jöel Bernat1

(Al final de esta versión se encuentra el texto original en francés)

“Los pequeños hechos que permanecen inexplicados contienen todo lo necesario para derribar a lo que da cuenta de los grandes hechos” Paul Valéry, Oeuvres II, Tel quel I, Paris, Pléiade, 1960)

Queda claro que, si es de J.-B. Pontalis del que se tratará aquí, yo no podré hacerlo más que refiriéndome al “mío”, al que intuí en él, al que construí y tuve necesidad de construir en su persona, y de ningún modo “el hombre tal cual es”, lo que hubiera sido una pretensión sobrehumana. Es por lo tanto de un encuentro de lo que me ocuparé, y del testimonio de sólo una de las mitades que protagonizaron dicho encuentro. La otra mitad le pertenece a J.-B. Pontalis2. Podría agregar lo siguiente: este encuentro es siempre efectivo y eficaz, lo que testimonia su importancia para mí, la vida que conserva a pesar de los años transcurridos, lo que supone un profundo reconocimiento, pero no una deuda… que no se pueda considerar completamente simbólica!

***

Hace ya mucho tiempo, mis pasos se enderezaron desde la Provincia hacia la Capital, París, en un extenso recorrido semanal. Sin embargo, no se trataba ni de un vía crucis ni de una prueba, antes bien, era una larga caminata, una “migración”.

Y cada martes, mi paisaje interior formaba una composición con el Sena, los Anticuarios del Distrito VII, los puestos ambulantes de libros, la casa Gallimard, y tantas otras cosas. Composición que venía a combinarse con otro paisaje, aún más íntimo, de cura psicoanálitica, de paciente, de supervisión, de transferencias. Y, con toda seguridad, de J.-B. Pontalis. En rigor “JB” como se lo llamaba en la APF, un signo de reconocimiento de indiscutible carácter cariñoso para este hombre.

“JB”… no cabe duda! Tiene mis mismas iniciales! Por poco creyente que uno pueda todavía ser no se podrá dejar de ver en esto una señal. Sin embargo, debo confesarlo, nuestros puntos comunes se detenían en las iniciales. Para bien… y para mal.

Y todos los martes, durante seis años, hacia las 15 hs., me encontraba recorriendo la rue du Bac, donde con inocencia provinciana me sorprendía al cruzarme con escritores o artistas célebres, incluso políticos, todos en carne y hueso. Con un sentimiento inquietante de extranjeridad por captar o ser captado como algo que se descarta entre lo televisivo y lo visual. De cualquier modo, en cada oportunidad, yo estaba bien preparado para desprenderme de mí mismo…

Dejando atrás el bullicio de la calle penetraba en un antiguo patio, apacible, en ocasiones una lección de piano dejaba flotar un acorde vacilante. No quedaba más que trepar por la vieja escalera hasta la puerta de “JB”. Más allá, la sala de espera y los libros, qué cantidad de libros! Y allí, una intensa sensación de familiaridad, de paz reparadora después del largo trayecto. Y con lo que allí me encontraré.

Mi primer encuentro3 con el hombre me deja el recuerdo de un “so british” (según mi exclusivo criterio, obviamente, de absoluto carácter transferencial!). Un gentleman descontracturado, indolentemente instalado en su sillón, con una buena provisión de Benson & Hedges cerca (sin saberlo de antemano, yo fumaba los mismos: un signo más…?). Fue al cabo de nuestros encuentros que pude advertir con claridad, más allá de la presentación y mis proyecciones, otros aspectos. Dos elementos me parecen dignos de ser destacados, tal como pude experimentarlos: su gran sensibilidad, y su buena práctica de “jugador”. Intentaré explicarlo en lo que sigue.

***

“Las relaciones humanas se fundan en cifrados.
Descifrar es confundirse. Lo cifrado tiene la ventaja
de decir sin decir de conservar suspendida,
reversible, la opinión recíproca.
Nos preserva de llegar a juicios decisivos y definitivos
que nunca tienen más verdad que en el instante…”

Paul Valéry, Oeuvres II, Tel quel I, Paris, Pléiade, 1960

Mi elección de “JB” como supervisor estaba evidentemente ligado al hecho de que se trataba del co-autor, junto a Jean Laplanche, del Vocabulario del psicoanálisis. En esto, no era, sin duda, el primero. Por eso me sorprendí cuando un día lo escuché lamentarse de haber realizado ese trabajo, y aún más, que desde entonces empleaba su tiempo en deshacer aquella construcción. Posición que podía parecer sorprendente, pero que nos introduce directamente en el modo de trabajar de J.-B. Pontalis psicoanalista, tal como yo lo entiendo. La dificultad estaba en encontrar un hilo en esa desconstrucción a fin de organizar, de manera artificial, dicho propósito. Me parece que este hilo se podría representar en un término, en todo caso uno que me capturó y se me fue revelando en esos años de intercambio con “JB”.

El movimiento

Un concepto debe ser, ciertamente, algo práctico, en la medida en que nos permite hablar un lenguaje común, nos ofrece cierta economía. Sin embargo, en nuestra práctica cotidiana ¿no se transforma en una suerte de máscara, de pantalla, de herramienta contra la recepción de lo que un paciente dice? “Me hace contratransferencia”, tenemos así una frase que intenta aportar cierta refrigeración ante el hecho de que una representación, incluso el escenario mismo donde se desarrolla el tratamiento se está prendiendo fuego. El concepto me transforma en “bombero” y resigno el lugar donde debería recibir lo que se me dice, lo que se está jugando, la cuestión de lo que se trata, y, que en alguna medida yo mismo suscité o esperaba. El concepto aplicado en una cura viene a fijar, a detener su movimiento. De modo que en cada cura debemos re-encontrar la “carne” o lo “vivo” que un concepto bien puede venir a reprimir, el modelo ejemplar sería la transferencia. Re-vivir o re-descubrir, en cada oportunidad al psicoanálisis, con el paciente, dejándonos sorprender nuevamente.

Es en este sentido que el movimiento resulta esencial a mis ojos –y, ante todo- a mis orejas- en “JB”. Se verifica en varios registros:

  • El movimiento psíquico, es decir lo que se llaman procesos psíquicos. Lo reconocemos fácilmente: son los puntos de fijación, de detención (por ejemplo los síntomas considerados como nudos ferroviarios), fuentes del sufrimiento. Tal como Freud lo observó, cuando el paciente relanza los procesos psíquicos por el lento trabajo de des-ligazón o desprendimiento de los síntomas, la “curación sobreviene por añadidura”. Fórmula demasiado conocida, pero bastante desplazada de la intención inicial de su autor. Lo que pretendía expresar es que el libre movimiento de los procesos psíquicos es auto-terapéutico, en una auto-elaboración de las tensiones y problemas del sujeto (pensemos en las nociones de transelaboración que Melanie Klein y Victor Smirnoff han descrito4). De modo que hoy estaríamos bastante distantes de la interpretación que se le dio actualmente a la expresión “cura por añadidura”, como si se tratara de un asunto del que el analista estaría desinteresado. La curación no es el objetivo primero, pero relanza el proceso psíquico (una forma ejemplarmente bella es la del Pequeño Hans)
  • Esta perspectiva y consideración del movimiento psíquico determina en el analista una posición similar a lo que “JB” llamó migración, para destacar su importancia, él nos hace una suerte de advertencia: no puede desarrollarse un tratamiento psicoanalítico si el propio analista no hace avanzar con el paciente en la cura su propio análisis. Una cura y su paciente deben desplazar al analista, empujarlo a un desprendimiento de sí mismo, de su convicciones y diversas posiciones teóricas (sus puntos de fijación, incluso sus síntomas), es decir, dejarse tomar y luego dejarse abandonar. Nosotros podríamos decir: co-análisis.
  • Estas consideraciones nos llevan a una concepción de la cura según un modelo winnicottiano (lo que no ha de sorprendernos en Pontalis). La cura pensada como un play y, en consecuencia, no exactamente como un game. La cura es un espacio, un escenario (de teatro), es decir, un espacio transicional donde viene a jugarse la dimensión del paciente y del analista sin reglas limitantes; ello juega, y dejamos que el juego se desarrolle “para ver hasta dónde nos conduce” (pensemos en la célebre divisa británica: waite and see). Es en este sentido que hay que entender una de las metáforas preferidas de “JB”: estamos en el compartimento de un vagón de tren, y un viajero describe a otro lo que ve por la ventana. Este otro, el analista, tiende a soñar ese paisaje que no puede ver, y habrá que decir que, por perfecto que sea el cuadro o la pintura, nunca será el paisaje real, del mismo modo estamos en el juego, en un espacio intermedio, en un entre-dos, entre la realidad y la ficción. Es lo que garantiza una posición abierta, para una recepción libre de prejuicios.
  • El analista deberá respetar los tiempos del movimiento de su paciente, y de su play. La cura es una magia lenta, impone dar tiempo al tiempo, el tiempo de la perlaboración. Asi fue como, en el principio de mis supervisiones fui apostrofado con un “calmo!”, luego con “piano”, ofrecidos con toda amabilidad …
  • Pero, si el analista defiende tal espacio de juego, esto no significará que es indiferente: es partenaire en el juego, pero también es quien aporta un cuidado, no quien debe ser cuidado por el paciente; en este punto encontramos también otra posición winnicottiana muy conocida:
  • Esta posición del analista en la cura impone que éste aprende a hablar con su propia voz, su propia palabra, sin tener que refugiarse en lo que podría ser el cálculo de la interpretación. La cura no es un psicoanálisis de agudezas aplicadas al paciente o al inconsciente. Hay que admitir ser tomado por lo que se dice, a menudo a pesar de uno mismo, para entender lo que se está revelando.

A fin de garantizar esa posición analítica que no se puede obtener más por la experiencia y su trasmisión, y no ciertamente por los libros, se puede comenzar a comprender por que J.-B. Pontalis no ha producido nunca un texto teórico sobre el modelo académico universitario. La escritura de “JB” intenta preservar ese espacio de juego, de entre-dos. Entonces comprendemos ciertos títulos: “Entre el sueño y el dolor”, “Entre Freud y Charcot”, “Entre el sueño-objeto y el texto-sueño”, “Entre signos”, “Entrevisto”, “Entre el saber y el fantasma”, “Ida y vuelta”, “Ventanas”, etc.

Un modo de sostener la teoría en acto, en acción y no sólo en discurso, una manera de reencontrar sin cesar la carne o lo “vivo” fundante, en una palabra, de habitar y ser habitado.

Pero también el intento de dejarse tomar por una transferencia infinita, no la transferencia de objeto, sino algo que se juega más acá o más allá de la representación. Y para esto no habría que olvidar que las representaciones no son más que transitorias, ligadas a un tiempo, y siempre sólo una representación y no la cosa en sí.

El sueño no es su relato, y lo que el analista escucha en él está aún más lejos del sueño…

***

Referí, entonces, un ejemplo breve y verdadero de lo que este hombre me transmitió en pequeñas y sucesivas conmociones. Cuando inicié ese play lo menos que podía decirse es que era un “universitario” que conocía al dedillo el Vocabulario del psicoanálisis! Después vinieron tiempos no tan agradables, desestabilizantes, donde llegué a tener la impresión de ya no saber hablar (como un libro). Así me desprendía de mi mismo para acceder a mi propia palabra. El resultado fue poder hablar a mis pacientes en mi propia persona y el efecto podrá ilustrarse con esta frase de un paciente: “es curioso lo que usted me dice, mi anterior analista me lo decía de otro modo, pero nunca surtió efecto ¿cómo pudo tenerlo con usted?” y este es el punto, es el analista en persona quien produce un análisis, no tanto lo que efectivamente dice. Dicho de otro modo: “¿Quién habla cuando el analista interviene?”

Una consecuencia de esto nos lleva a otra cuestión importantísima: “¿Qué es lo que hago a mi paciente cuando le digo lo que le digo?”

Formas de mantener lo vivo, al movimiento, los procesos, tratar de evitar los escollos de la fijación.

Movimiento psíquico que se imprime en mí asociado al movimiento psíquico Paris- Provincia, continuando el juego en los viajes de regreso, y todavía hoy!

Cómo dejar en suspenso este testimonio, sin concluirlo con un punto final, es decir dejarlo abierto, si no es con la voz y con lo vivo de un poeta, esos seres que, con Freud o “JB” -y me incluyo-, saben aprehender ciertas cosas que nuestra “joven ciencia” está muy lejos de comprender sin matarlos con una fría conceptualización.

Cuando los nombres y las figuras

ya no sean la clave de toda criatura,

cuando las canciones y los besos,

enseñen más que los sabios,

cuando la sobra y la luz,

se conjuguen de nuevo en la pura claridad,

cuando sea con las leyendas y las poesías

que conozcamos la verdadera historia del mundo,

entonces se desvanecerá frente a una única palabra secreta

ese contrasentido que llamamos realidad”

Friederich Novalis


1 Miembro de la Asociación Psicoanalítica de Francia. retour

2 Dos mitades según el principio de la tablita de la hospitalidad y que consistía en una tablita partida en dos mitades. Una de ellas se guardaba y la otra se entregaba al invitado en el momento de la partida. La reunión de las dos mitades permitía más tarde a los mismos personajes o a sus descendientes reconocerse y renovar los lazos de hospitalidad. Esto derivó inmediatamente en el principio del symbolon. retour

3 Si se desea otro testimonio se puede consultar de Georges Perec “Los lugares de una astucia”, en La causa común, 1977, re editado en Penser/Classer, Paris, Hachette, 1985. retour

4 Translaboración: especifica una elaboración psíquica fuera de la cura, en el curso de la evolución de un sujeto, en tanto existen procesos que permiten resolver y superar espontáneamente ciertas posiciones afectivas y relaciones objetales, reduciendo de ese modo el clivaje intrapsíquico en función tanto de elementos internos como externos y favoreciendo la integración del yo. Esto estaría ligado al potencial evolutivo de cada sujeto. retour

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